ALITAS VS BONELESS
Alitas vs. Boneless
El lugar no era elegante. Nunca lo había sido y nadie esperaba que lo fuera. Pero la salsa buffalo era la mejor de la ciudad, y eso lo perdonaba todo.
Habían ido ahí por primera vez hacía años. Se sentaban en la misma mesa, pedían lo mismo, y el ritual nunca cambiaba: dos órdenes de alitas, salsa buffalo, extra ranch.
Hasta esa noche.
La mesera llegó con la libreta lista.
Uno abrió la boca para pedir lo de siempre.
El otro habló primero.
— Boneless, por favor.
La mesera anotó y se fue. El primero miró a su amigo con una expresión que no era enojo pero no estaba lejos de serlo.
— ¿Boneless?
— Me cansé de ensuciarme las manos.
— Eso no es una razón.
— Es la única razón que necesito.
Discutieron durante veinte minutos.
Uno decía que los boneless eran eficientes, limpios, toda la carne sin el inconveniente del hueso. El otro decía que el hueso era el punto. Que si no peleas un poco por la comida, no la mereces.
— Estás describiendo una nugget — dijo el primero.
— No es una nugget.
— Pollo frito sin hueso. Eso es una nugget.
— El contexto importa.
— El contexto. — Lo repitió despacio. — Estás comiendo nuggets y necesitas llamarlas diferente para sentirte mejor.
Silencio.
De esos que dicen más que las palabras.
Llegó la comida.
Un plato: alitas doradas, irregulares, brillantes de salsa, cada una prometiendo trabajo y recompensa.
El otro: boneless perfectos, uniformes, todos del mismo tamaño, todos prometiendo lo mismo sin sorpresas.
Comieron sin hablar.
A mitad de la orden, sin decirse nada, los dos empujaron su plato hacia el centro de la mesa. El gesto de siempre. El que significaba prueba sin tener que pedirlo.
El primero comió un boneless. Masticó despacio.
El segundo luchó con una alita, se ensució los dedos, hizo una mueca pequeña.
— Está buena — admitió.
— Ya sé que está buena. Siempre ha estado buena.
— El hueso me sigue molestando.
— Y a mí me va a seguir sin importar.
Pausa.
— ¿Los boneless están buenos? — preguntó el primero.
Silencio honesto.
— Diferentes — dijo el otro. — Pero buenos.
Pidieron otra orden. Mitad y mitad.
Comieron sin discutir, cada quien de su lado, a veces probando del otro, sin drama.
Al salir, las calles estaban mojadas de una lluvia que ninguno había notado.
Caminaron un rato callados. Después uno dijo:
— La próxima semana pedimos alitas.
El otro respondió sin voltear:
— La próxima semana vemos.
Que era exactamente lo mismo que decir que sí.
Solo que con dignidad.


